Se reproduce la nota de tapa publicada en el Suplemento RADAR del diario PAGINA/12 del 19/1/1997, con expresa autorización de su autor, el periodista JULIO NUDLER, para www.buenosairestango
Lidia ferrari

 
 

De fueyes perdidos. Por Julio Nudler

Pasó treinta años entrevistando mas de 300 bandoneonistas, grabando sus confesiones y sus solos secretos. Ahora, OSCAR ZUCCHI elige los 8 fueyes de oro y explica cómo construyó un documento enorme y único de la historia del tango.

Ya de chico lo impresionaba un bandoneonista ciego llamado Juancito Díaz, que visitaba su casa paterna se ganaba la vida con su oído absoluto: como afinador de pianos en Napoleón de Barbieri. A los diez años estudiaba escuchando por radio los discos de Gardel, con el libro abierto sobre el lomo de su perro, que dormía sobre el escritorio. Por esa época, Oscar Zucchi ya tenía decidido ser veterinario, pero amores siempre tuvo dos: además de los animales, el tango. Y dentro del tango, su alma: el bandoneón. A esa caja jadeante, a veces desinflada -según imaginó Pascual Contursi-, Zucchi le consagró la vasta obra que Corregidor comenzará a editarle en abril: una serie de diez tomos, en los que deberán caber las más de dos mil páginas apretadamente escritas por Zucchi a máquina, a un espacio, donde retrata personal y artísticamente a 360 bandoneonistas, a cada uno de los cuales entrevistó (y el número sigue creciendo, con los pibes nuevos). La obra comienza por una historia del instrumento, al que además desarma y analiza minuciosamente. Sigue con su controvertida llegada al Río de la Plata, y deriva luego hacia sus precursores criollos, y a los cortes generacionales: los del 10, los del 25, los del 40, los del 55, hasta llegar a los actuales.

Tras dejar la universidad, Zucchi se vinculó a Luis Adolfo Sierra (el primer gran crítico que tuvo el tango, el hombre que definió estéticamente sus estilos, aunque sin disimular nunca su corazón decareano). Sobre la Guardia Vieja aprendió con Raúl Lafuente, que presidía la peña El Organito. Una vez que se decidió a historiar el tango, hace ya treinta años, Zucchi no se limitó a los bandoneonistas. Empezó entrevistando a los grandes autores, para que le contaran cómo habían creado cada uno de sus tangos. Quería que Rafael Rossi le pintase las circunstancias en que Gardel le cantó Senda florida o Como abrazado a un rencor. Que Francisco Pracánico le hablase de cómo Ignacio Corsini le cantó Sombras y Azucena Maizani Monte Criollo. Además, lo obsesionaba precisar la formación de cada orquesta en cada momento: a veces el cambio de un solo músico alteraba el carácter de todo un conjunto. Por entonces le interesaba, sobre todo, la época de los sextetos (como los de Cayetano Puglisi, Luis Petrucelli o Elvino Vardaro), que abarcó las décadas de los veinte y los treinta.

Con el tiempo Zucchi fue concentrándose cada vez más en los bandoneonistas. "Curiosamente, la mayoría de los arregladores del tango han sido bandoneonistas. De ser los que menos música sabían, en los comienzos del tango, los bandoneonistas pasaron a ser los más conocedores, quizá porque el bandoneón encierra una pequeña orquesta en sí mismo", dice hoy, a modo de explicación. Y cuenta que primero pensó en los más característicos pero después se interesó especialmente en los grandes olvidados (tanto que fue postergando a las figuras más célebres hasta que un día de 1975 lo sorprendió la muerte de Anibal Troilo, y recordó que los dioses griegos eran mortales). Algo tímido, un poco retraído, se presentaba a sus entrevistados como historiador y estudioso del tango. Y en esa calidad lo recibían todos, hasta volverse amigos suyos. "Mi agenda, en vez de minas, está llena de bandoneonistas jubilados. Todos los días tengo que estar borrando a alguno que se fue para el otro lado", dice con su voz apagada. En las entrevistas pretendía enterarse de todo. De los orígenes familiares, de las razones para haber elegido el bandoneón, de los maestros, de la trayectoria. Al visitarlos llevaba a cuestas un grabador Odeón-Marconi semiprofesional, enorme y pesadísimo, con el que alguna tarde imposible de tormenta rodó por una vereda. En aquellas cintas expuestas recogió solos de Angel Ramos, de Antonio Ríos, de Federico Scorticati, de Alfredo De Franco. Hasta el día de hoy conserva más de doscientos pequeños recitales inéditos, solos únicos que guardan testimonios irrepetibles. La Academia Nacional del Tango fijó como prioridad la edición escrita y sonora de toda esta obra, pero luego se le traspapeló entre otras menos trascendentes.

Mientras tanto, Zucchi dio a conocer su primer libro La bandoneonía porteña, un ensayo publicado por el Centro Editor de América Latina en 1970. Luego fue el turno de El bandoneón en el tango (Corregidor); más tarde, un ensayo sobre los estribillistas de los años veinte y luego otros dos, sobre las trayectorias completas de Francisco Lomuto y de Edgardo Donato (siempre en Corregidor).

Osvaldo Fresedo ocupa casi cuarenta páginas de los archivos de Zucchi. Leopoldo Federico cubre treinta, Pedro Laurenz más de veinte. Otros deben conformarse con unas pocas carillas. Para entrevistar a algunos debió viajar muchos kilómetros. Otros, como Armando Pontier o Héctor Varela, fueron humildemente hasta su casa, entonces en Saavedra. No pudo hablar con todos, claro: al mítico Ciriaco Ortiz, por ejemplo, no llegó a entrevistarlo, pero lo reconstruyó a través de los músicos que tocaron con él. Con el tiempo llegó a conocer a casi todos, y comprendió que era cierto lo que alguien dijo alguna vez: "Que el músico de tango es una mezcla de ángel e hijo de puta. A veces prevalece el ángel. 0 puede ser angelical con los compañeros y un hijo de puta con una mujer. Uno escucha el sexteto de Julio De Caro y piensa que, para tocar tan maravillosamente, debía haber mucho afecto entre ellos. Y sin embargo hubo épocas en que ni se dirigían la palabra".

Piazzolla se mostró bastante agresivo cuando Zucchi fue a verlo por primera vez. "Ah, usted es el que se dedica a coleccionar voces de bandoneonistas", lo menospreció y, acto seguido, le dijo: "¿Entrevista a todos, o sólo a los que tocan bien?". A pesar de todo, aceptó darle cuarenta minutos, tiempo que cumplió puntillosamente por reloj. Sin embargo, en aquel reportaje Astor hizo algo sorprendente, herético para cualquier devoto del buen tango: ponderó corno bandoneón solista a Juan Sánchez Gorio, con quien había tocado en la pobre orquesta del "Tano" Francisco Lauro. Y le contó a Zucchi que Sánchez Gorio y él se consolaban en aquel entonces haciendo dúos.

Cuando se le pregunta si se puede establecer un ranking de bandoneonistas, éste es el veredicto de Zucchi: "Como virtuoso, lo máximo fue Roberto Di Filippo, que en los cincuenta ejecutaba arreglos de Astor que ni éste podía aún tocar. Los solistas que más me impresionaron en general fueron Federico Scorticati, Armando Blasco y Gabriel Clausi. Y, como creadores, y por su gravitación, Pedro Maffia y Pedro Laurenz. Aparte están los bandoneonistas de orquesta, como Troilo, y dentro de este rubro los especialistas: primeros bandoneones como Osvaldo Ruggiero (en la orquesta de Pugliese) o Héctor Varela (en la orquesta de D'Arienzo) fueron insuperables. Todos éstos dentro de una tendencia virtuosista. Pero además están los estilistas, los que crearon una modalidad propia, como Máximo Mori (que fue quizá quien más hermosos arreglos concibió para bandoneón solo), Antonio Ríos, Julio Ahumada. En cuanto a Eduardo del Piano, nadie podía escribir como él para la fila de cuatro bandoneones a tres voces".

Cuando se le pregunta por qué hubo tan pocas mujeres bandoneonistas, Zucchi contesta: "Quizá porque el bandoneón exige mucha fuerza fisica, y no es apropiado para tocar con pollera. De todos modos, hubo bandoneonistas mujeres, además de la famosa Paquita Bernardo. La más evolucionada fue Nélida Federico, que hasta incursionó como concertista, pero la mejor fue Fermina Maristany, que tocaba con su orquesta en el Western Bar. Quizá no se la mencione porque era negra y hombruna".

Y, para el final, Zucchi guarda una anécdota: en su boda tocó uno de los grandes, el "Chula" Clausi. Parece que, cuando el cura vio llegar el bandoneón, le advirtió, algo alarmado: "¡No me vaya a tocar ninguna milonga!" La idea del tango pecaminoso no se había disipado del todo. Pero, para la tranquilidad eclesiástica, Clausi hizo el Rêverie de Schumann y el Ave María. "El bandoneón, bien tocado, da para todo", dice Zucchi.

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LOS OCHO MAS GRANDES según ZUCCHI

En los comienzos del tango, los bandoneonistas eran los que menos sabían de música, pero con el tiempo pasaron a ser los mejores arregladores. "Quizá porque el bandoneón encierra una pequeña orquesta en sí mismo, sostiene OSCAR ZUCCHI, autor de una obra monumental sobre la evolución del tango a través de sus grandes bandoneones. Zucchi elige para Radar lo ocho bandoneones más representativos del tango y cuenta el porqué de su inmoderada afición.

Eduardo Arolas

Pedro Maffia

Pedro Laurenz

Federico Scorticatti

Aníbal Troilo

Roberto Di Filippo

Astor Piazzolla

Leopoldo Federico

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